¿Irías a tu propio entierro?

Cementerio Agüimes

Aún queda mucho por hacer…

Muchos se podrían quedar a cuadros, o incluso mofarse al leer el titulo de este nuevo post de Gran Canaria Paranormal comentando … “Por supuesto, no me queda más remedio que ir si soy yo el muerto”…

No en vano, haciendo esta misma pregunta en la página del grupo en Facebook, los comentarios parecían mal interpretar el trasfondo de la misma. Y es que obviamente la cuestión se refería a nuestro cuerpo etérico acompáñando a nuestro cuerpo físico ya fenecido…

Por tanto, viendo que aún queda mucho por hacer por el desconocimiento que hay, y por hacer entender a la gente que existe otra realidad, he visto necesario realizar este nuevo post basándome en las visitas realizadas a los camposantos de la isla de Gran Canaria a lo largo del tiempo.

Visitando el cementerio de la Villa de Agüimes…

Sería una mañana de un sábado durante el mes de Noviembre del año 2016, cuando decidiera hacer una visita que tenía pendiente de realizar hace más de medio año con una de las paragnostas al camposanto de la Villa de Agüimes en la isla de Gran Canaria, donde una vez más presenciaría gracias como no, al testimonio de la compañera, que algo ocurre en la mayoría de los entierros que hemos presenciado por asistir al mismo por motivos personales o por simple “casualidad”.

Algo que en un principio me llamaba la atención, qué podía ser algo excepcional, pero que parece ser que se da más frecuentemente de lo normal. Algo así, como si fuera una constante cada vez que se da sepultura a un difunto.

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Antes de nada, comentaré brevemente como fue la visita a este cementerio en el bello municipio de Agüimes, en la isla de  Gran Canaria.

El camposanto, uno de los más antiguos de la isla, data de 1819. Se compone mayormente de nichos, como la mayoría de los cementerios actuales, pero también, como no, el visitante también puede encontrarse con varias zonas de tierra con sepulturas, las cuales son las más antiguas del recinto.

Algunas de las que aún siguen viendo pasar el tiempo a día de hoy, datan de mediados del siglo XIX. No son ricas en belleza, pero con tan sólo ver la forma de las cruces y la piedra de los nichos más antiguos del lugar,  el “turista de cementerios”  puede imaginarse estar en otra época.

Sin embargo, lo que más llama la atención de este enclave es una zona con la que el visitante se topa al poco de entrar en el camposanto.

Un lugar guardado para los sin nombre… Una fosa común. Un terreno reservado para aquellos que por algún motivo no tuvieron su propia parcela y se vieron obligados a compartirlo con otros que estaban destinados al mismo lugar.

Dicho esto, mencionaré, desde el punto de vista de la paragnosta, y nunca mejor dicho, el otro lado más oculto que existe entre las tumbas y los pasillos de este cementerio, al menos durante esta visita.

Como suponíamos el primer día que intentamos entrar al recinto, ya la compañera podía percibir que el cementerio despedía una gran energía. E igualmente, en una visita anterior a esta que detallaré con más profundidad, un servidor pudo comprobar mediante mi estimado péndulo como efectivamente, las percepciones de la paragnosta podían estar en lo cierto.

Como anécdota, nombrar el hallazgo de un ataúd durante mi visita. Un ataúd con aspecto de ser muy antiguo, colocado en un contenedor de basura. Algo que demuestra que al otro lado no nos llevamos absolutamente nada. Ni tan siquiera nuestro último lugar de descanso…

Dicho esto, hablaré brevemente sobre lo que la compañera me comentara tras la visita al camposanto. Lo visto y sentido en él para luego entrar en el tema central de este post sobre la posible constante que se da en los cementerios, o mejor dicho, durante el duro, triste y frío proceso desde el velatorio hasta que se nos da sepultura.

En primer lugar, un fraile. Un fraile que hace aparición en la capilla del cementerio. El cual se encuentra a mano izquierda según se entra. Este, se presenta con su hábito color marrón, con su cordón a modo de cinto y su capucha. Suponemos que lleva mucho tiempo desencarnado. Quizá decidiera quedarse con el fin de seguir sirviendo a sus feligreses…

Por otro lado, cerca también de la entrada, donde comentaba que se encontraba la fosa de los sin nombre, la paragnosta es testigo de una entidad que se encuentra al lado del pequeño monumento que adorna esta sepultura. Este se muestra impasible a su entorno y es el mayor responsable de la fatiga que ya estaba empezando acusar la compañera al estar expuesta a la energía del camposanto.

Un proceso que parece una constante…

Por último, y es aquí donde quiero hacer mención especial al tema central de este post, la compañera menciona que en uno de los pasillos con nichos, justo donde había dos personas honrando a un ser querido, posiblemente enterrado apenas unas horas antes de nuestra llegada, ve que hay una entidad junto a estas. Un hombre mayor, que posiblemente fuera el “dueño” del nicho al que las dos chicas estaban terminando de adornar.

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Esta escena parece ser que se suele repetir muy menudo. De hecho, es rara la ocasión en la que hayamos visitado algún cementerio, bien por “turismo”, bien por asuntos personales, y no haga presencia  el presunto difunto, acompañando a sus familiares durante su sepultura, según las paragnostas.

Es más, en algunas ocasiones, paseando por las diferentes zonas del camposanto de turno, las sensitivas han sido testigos de ver a solas a alguien junto a su supuesta tumba y con las coronas de flores típicas que se ofrendan al difunto durante el entierro.

Camposantos como el anteriormente nombrado como el de Sta Brígida, Tafira, Nuestra Señora de Fátima, o el gran cementerio de San Lázaro en la capital gran canaria entre otros, son algunos de los lugares donde se han dado casos de este tipo.

Los posibles motivos…

¿Pero cuál puede ser el motivo por el que parece ser que acudimos a nuestra propia sepultura?

Esta es una de las preguntas que nos puede llegar a la mente cuando tras toparnos en varias ocasiones con la misma situación comentada, se repite una y otra vez el mismo patrón.

A priori, podríamos pensar que “simplemente”, acompañamos a nuestros seres queridos durante nuestro velatorio en el tanatorio de turno y a la hora de la despedida definitiva de nuestro cuerpo físico para asegurarnos de que todo está correcto.

Y quizá sea así en la mayoría de los casos, pero puede que no siempre. Si hay algo que llama aún más la atención que el que acudamos a nuestro entierro, o incineración con nuestros seres queridos, es el permanecer a solas junto a nuestra fría lápida con nuestras coronas de flores tras la celebración de la sepultura sin que haya nadie físico en el lugar.

En este caso, me gustaría reseñar un caso en un cementerio del cual preferiré ocultar el nombre ya que al ser un camposanto de reducidas dimensiones, puede ser fácil de identificar por los familiares. Simplemente comentaré que este joven cementerio  se encuentra en el municipio de San Mateo en la isla de Gran Canaria. En esta ocasión y en medio de soledad que reinaba en la zona, una de las paragnostas pudo presenciar a la entidad de un chico joven, el cual, permanecía de pie junto a su supuesta tumba. Esta, se encontraba decorada todavía con una corona de flores más una pequeña vela al pie del nicho del supuesto propietario.

Al ser ya alrededor de las 22:00 de la noche aproximadamente, era obvio deducir que habrían pasado horas desde que se habría celebrado la ceremonia de despedida de esta persona.

Por tanto, una nueva cuestión se plantea ante nosotros: ¿Hay algún motivo más por el que permanecemos junto a nuestro cuerpo inerte  durante el duro proceso del velatorio y sepultura?

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Quizá ese apego a lo material. En este caso a nuestro cuerpo físico. O lo desconcertante e incomprensible que puede llegar a ser el darse cuenta de forma inesperada  para muchos por falta de educación espiritual o por una muerte muy brusca, el ver nuestra propia “carcasa” desde fuera, así como presenciar,  a nuestros seres queridos, familiares y amigos llorando por nosotros como si fuéramos espectadores de nuestro propio “final”.

También este proceso, puede ser la clave para que decidamos, si es que está en nuestra mano, que yo pienso que sí, el no ir hacia la luz y quedarnos entre los vivos, bien con el fin de proteger a alguien en específico o por cualquier otro motivo como ya comenté en una anterior publicación de este mismo blog sobre los posibles porqués por lo que decidimos permanecer entre los que siguen en este mundo terrenal, de lectura más que recomendable.

Concluyendo…

En definitiva, podríamos decir que hay una posible constante que sucede tras la muerte, o mejor dicho, cuando desencarnamos. Y es que en muchos casos nos autoacompañamos a nuestro propio velatorio y a nuestra propia sepultura. Bien por compartir esos momentos de dolor con nuestros seres queridos, por ver si alguno necesita de nuestra protección, bien por  apego a nuestro cuerpo o por el desconcierto  de la situación o incluso tal vez, porqué no, por ver quiénes de nuestros conocidos se  acercan y en qué modo lo hacen a darnos el último adiós…

Ahora que has leído este post, me gustaría preguntarte… ¿Irías a tu propio entierro o incineración?


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2 Comments

  1. Hola David.
    Que sincronicidad. Ayer mismo acabo de enterrar a mi cuñado de 49 años, una PERSONA de una humanidad enorme.
    Acababa de encender él Twitter después de unos días sin hacerlo cuando leo tu Twitter. causalidad me digo.
    Paso a relatarte algunas sensaciones qué tuvimos Eva mi mujer yo.
    Eva me contó que en el velatorio cuándo el dolor era tan fuerte que la desgarraba por dentro, una enorme fuerza la embriagaba y la calmaba, Eva me decía que era mi cuñado que la consolava, cabe decir que esta embarazada.
    Después cuando lo llevábamos a los hombros hacia la iglesia al pasar cerca de un cerezo, comenzó una lluvia de pétalos blancos a caer sobre el ataúd, cesando inmediatamente al pasar, a el le encantaban las flores. Ya en el cementerio no se el motivo o el por que pero algo en mi interior me decía que estaba allí, mentalmente le dije que sé fuese hacia la luz que no se quedase aquí, qué no sé preocupase por su hija ni por su mujer qué yo me ocuparía de ellas como seguro que el haría si yo fuese el fallecido. Pero como mi parte escéptica no se lo creia le pedí que me confirmase de alguna manera que estaba allí y ahí es donde entra tu post amigo David, confirmando que si están en su propio entierro, gracias amigo un saludo.

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    1. Gracias por tu comentario, amigo Santiago. Lamento la perdida. Siempre es duro cuando se marcha algún ser querido. Por mucho que comprendamos que tan sólo cambia de “indumentaria”, por decirlo así. Muy posiblemente, él estuviera ahí. Y por lo que me han comentado las compañeras, el objetivo principal es ver si todo está bien, y con los días puede que elija quedarse o abandonar definitivamente este plano. Espero que te escuchara y haga lo segundo. Un abrazo, y me alegro de que te haya servido mi post. Por cierto, muy curioso lo de las flores, y muy oportuno por lo que comentas.

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